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Ave Caesar, morituri te salutant
Tan ilustre personaje no podía leer el periódico con aire más imperial. Agarraba elegantemente las hojas con tal delicadeza que las hojas al posarse sobre el agua son bruscas en comparación. El aire altivo de su mirada se correspondía con su apariencia: zapatos de finos cordones, pantalones negros con caída, camisa y una cartera de piel marrón a lo más estilo profesorado. El corte de pelo era peculiar, el propio del César. Y su mirada se torcía al leer, como si sus ojos quisieran más y su cuello se lo negara. Al tocar mi parada me he despedido como era de esperar: la mano en alto y después en el pecho durante la reverencia. Veni, vidi, vici.
Ya soy mortal
Muchas personas que conozco matarían por oír estas palabras de mi boca. Les recompenso de nuevo. Durante años he pensado que podría contener cualquier situación y siempre he estado muy seguro de mis capacidades. Pero ha llegado el momento de abdicar. Cuando los nervios afloran, mi cuerpo me lo hace saber y he llegado a la conclusión de que qué mejor tratamiento que reconocer que vuelvo a ser un mortal. En realidad sólo lo afirmo para todo aspecto que no pueda controlar al 100%. Para todos los demás, como diría un gran amigo mío, yo me lo guiso, yo me lo como.
La musa
El poeta de Hyperion tenía al Alcaudón como inspiración. La muerte y la sangre le inspiraban hermosos poemas. Mi musa es una máquina. Tiene ruedas y cada cierto tiempo grita con voz de mujer. Para no oír sus delirios me escondo tras la música y para no ver su rarezas, me escondo tras un libro. Y día a día libro en las más grandes batallas y salgo victorioso. Porque aunque después de escribir piense que todo lo que acabo de hacer es una rotunda mierda, los demás también lo piensan. Así que bendita sea la inspiración de la máquina.
Vivire militare est. Séneca, 4aC - 65 dC