Archivado en: Nakashima
El día parecía empezar bien. Primer día después de vacaciones y el metro y el tren saturados. Vuelta a la normalidad. Me dirigía al despacho cuando he subido por las escaleras mecánicas de la estación de Metro habitual. A excepción de una compresa a modo de cartel, todo seguía igual. Me pregunto si la persona que había enganchado el protege-slip al muro se sentía limpia y se sentía bien...
La repartidora me expende el ejemplar de turno y le echo una ojeada mientras atravieso un paso de peatones. Cualquier día voy a tener un accidente cruzando de esa forma.
Visualizo en mi horizonte el grupo de indigentes habitual. Están el borracho al estilo morsa sucia que ya conocí un día gracias a sus problemas con el tabaco y los transeuntes, los desgraciados de turno y don Simón.
El borracho morsa debe haberse enamorado de mí porque se me aproxima y con los brazos bien abiertos me grita a modo de susto para posteriormente empujarme. No sé que intentaría porque no se experaba que le devolviera el empujón con una pequeña propina marca de la casa. Francamente, me he tenido que controlar para no dejarlo inconsciente en el suelo. Con las ganas que tengo de utilizar alguna vez las luxaciones y golpes dolorosos que aprendí durante mis más de doce años practicando judo y este personaje es un desgraciado y, además, estaba ebrio. No justifico los malos tratos a ninguan persona, pero si su estado no hubiera sido el que presentaba yo me habría demostrado a mí mismo cuánto sé de judo.
Me ha perseguido durante un minuto, pero yo le he dado la espalda y ha desistido. Como buen ciudadano y a modo de venganza por mis dos tropiezos con tal sujeto he hecho una pequeña consulta con la Guardia Urbana de Barcelona.
¿Qué opinión os merece todo esto?