Archivado en: Nakashima
Dos de la madrugada. La noche acude a mí tarde. Niebla, caos. Eso siento cada noche que estoy sin ti. Rápidamente y tras ponerme la poca ropa que forma mi pijama me lanzó a la melancolia de una cama abandonada.
Tarareo, no sé si mentalmente o también físicamente una canción que para mí tiene un significado especial. Ese tipo de canciones que no puedes quitarte de la cabeza y que te hacen llorar o sonreir, gustar o que te gusten.
Dos y media: la noche se hace eterna. Dos y cuarenta: dolor y sufrimiento. Dos y cincuenta: enciendo de nuevo la luz. Me incorporo en la cama y camino hacia la cocina, sin saber muy bien por qué, abro el frigorífico y recojo algo de agua bien fría en mi garganta.
Las cosas más sencillas deberían ser más difíciles y viceversa. Me abruma mi alrededor y no consigo conciliar el sueño...me viene a la mente la frase del excelentísimo Juán Valdés "¿será el café?"...pues va ser que no, majo.
En cierto momento la ira acude a mí, como antes lo hizo la noche. ¿Ira por no poder dormir? ¿Ira por no poderte tener? Envio la ira a mi papelera de bocetos y vuelvo a escribir mi historia mientra sueño. Te pensaba todo el día y al anochecer sentía más la necesidad de ti. Como un vagabundo en el desierto, cuanto más pienso en beber, más sediento estoy.
¿Qué debo hacer? -me pregunto. En el mundo impera el mal y dentro de mi ser el bien. Tal vez deba replantearme todo lo que he vivido hasta ahora o tal vez suicidarme.
El futuro y el presente se han encontrado, impensable, imposible, pero cierto. Ahora soy yo quien escribe su propio futuro en letras carmesíes y papel azul.
Nunca he podido dejar de mirar el cielo en toda mi vida. Por las noches y durante el día, al atardecer y al amanecer. Me quedo con la puesta de sol y la noche. La primera porque es sinónimo de final, de nueva etapa. Con la noche por ti.