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Lunes, 30 de mayo de 2005


Tiempo (III)

Archivado en: Literatura Naiki


Capítulo III

No sólo de imaginación vive el peneUn servidor


Carl miró por encima de los cristales de sus gafas y su vista se nubló. El sentimiento de abrumación que sentía y que recorría su cuerpo le consumía como una larga enfermedad: lenta, pero implacablemente. ¡Dios mío, qué monada! - pensó.

La representante del género femenino en la habitación se situó tras la silla de las visitas (no muy cómoda, por cierto, para acortar lo máximo las visitas indeseables) y le pidió amablemente si se trataba de Carl H. (pregunta algo obvia pues se encontraba en un despacho no compartido y en él sólo se encontraba una única persona). Carl pensó descaradamente que intentaban ligar con él. La sangre se desplazó de la zona media inferior a la cara, con una presteza pocas veces observada. Tartamudeando, afirmó y le rogó que tomara asiento (una silla reservada para las visitas deseadas). En cuestión de minutos Carl quedaría más acongojado:

La señorita se llamaba Karen y era alumna de Carl de astrofísica avanzada en la facultad y se había atrevido a pisar el despacho de su tutor para sonsacarle ciertas técnicas que mostraban los libros de la asginatura y que no conseguía entender (véase que el examen final estaba a la vuelta de la esquina, con dientes y garras y muy mala leche). Carl respondió una tras otra las preguntas de su joven padawan no sin echar de muy en cuando una mirada a sus pechos. La forma de estos era perfecta, esférica, asimétrica y con cierta tendencia dispar, que les otorgaba una elegancia suprema. Las caderas no eran ni anchas ni estrechas, su trasero no lo había podido observar pues todavía pertenecía a la silla de las visitas (aunque en breve podría disfrutar de las vistas). y sus piernas eran increiblemente largas. Calculó en pocos segundos la relación piernas/cuerpo y en el límite en el infinito (positivo) se acercaba peligrosamente a uno.

Sus labios eran simplemente perfectos, con un brillo excesivo y mojados. Sus ojos eran grandes y penetrantes, incluso llegaban a parecer inquisitivos gracias a la linea carbón que definía el contorno. Su pelo, lacio, era fantástico. Tomaba un brillo espléndido a la luz del despacho de Carl y éste pensaba en mantenerlo allí por siempre.

Si se pregunta, querido lector, por qué he descrito con mucho más detalle a Karen que al trabajo de Carl (sobre el que trata el libro) le responderé muy sinceramente: ¡porque merecía la pena!

La sangre retornó a su cauce (la entrepierna era un gran delta) y Karen desapareció tras el quicio de la puerta, dejando una estela tras de sí que sólo Carl podía percibir.


Escrito por Brian Jiménez El 05/30 a las 22:15
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Comentarios


Molt sensual, sí senyor ;p
Esperaré impacient les teves memòries! XDDD


Comentario de nevermind el el 05/31 a las 00:04

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